Malta concentra una densidad de cosas que ver difícil de igualar: ciudades barrocas, templos más antiguos que las pirámides, acantilados, calas turquesas y dos islas más. Lo recorrimos durante un mes entero, y esto es lo que sacamos en limpio.
La Valeta
La capital —La Valeta, Valletta en maltés e inglés— que los Caballeros de la Orden de Malta levantaron tras el Gran Asedio de 1565 es, a la vez, una ciudad museo y la ciudad viva del país. Está declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y en ella se acumulan palacios, fortalezas, iglesias y bastiones que visitar, pero también muchísima vida y ritmo entre sus calles, sus bares, sus restaurantes y sus rincones cargados de sorpresas. En apenas un kilómetro de largo caben la Concatedral de San Juan con sus dos Caravaggios, el Palacio del Gran Maestre, calles en cuadrícula que caen hacia el mar convertidas en escalinatas, y una colección de miradores difícil de igualar en el Mediterráneo.
Es la capital, y se nota. Aquí está el corazón administrativo y financiero de Malta —bancos, oficinas y la propia Bolsa de Malta—, una zona comercial densa (la calle Republic y sus transversales concentran desde grandes marcas hasta tiendas de toda la vida) y una oferta de restaurantes que va de las terrazas concurridas de las plazas a los locales escondidos en las calles laterales. También es el epicentro de la red de autobuses: la estación central, junto a la Fuente del Tritón, es el nodo del que sale prácticamente toda la flota de la isla, así que tarde o temprano acabaréis pasando por aquí.
Festivales y conciertos. Para su tamaño, la agenda cultural de La Valeta es de las más intensas del Mediterráneo: el Carnaval llena las calles de carrozas en febrero; el La Valeta Baroque Festival lleva la música antigua a iglesias y palacios en enero; el Malta International Arts Festival y el Malta Jazz Festival animan junio y julio, este último con escenario en las mismísimas murallas del Gran Puerto; y la Notte Bianca abre en octubre museos y palacios de noche, con conciertos por toda la ciudad. Añadid los conciertos de verano al aire libre y las fiestas patronales: merece la pena mirar la agenda antes de cerrar fechas.
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Ruta recomendada: visitadla en varios días y a distintas horas, no de una sentada. Una primera vez para lo imprescindible (Concatedral de San Juan, Palacio del Gran Maestre, calle Republic y el cañonazo de las 12:00 desde Upper Barrakka) y otra para callejear sin plan por las calles laterales, que es donde está el misterio: cuestas, escalinatas, gallariji de colores y esquinas sin nadie. Reservad al menos un atardecer para los jardines.
Cómo llegar: ferry desde Sliema —son solo 10 minutos, es un viaje agradable y bonito, y está incluido con vuestra Tallinja Card— o autobús: todas las líneas pasan por la estación central. Dentro de la ciudad todo se hace a pie, y el ascensor de Barrakka salva de un salto el desnivel entre los Upper Barrakka Gardens y el Grand Harbour. Tiene coste, aunque es gratuito con la Tallinja Card (para el trayecto de subida o el de bajada). Si preferís hacerlo a pie, son unos quince minutos de bajada; subirlo ya depende de lo entrenados que estéis, del calor y de las ganas que le echéis.
Para nosotros La Valeta es una capital donde se mezclan la modernidad y el turismo. La recomendación más útil que podemos daros es no intentar verla en una sola visita: id varios días y en distintos momentos, porque la ciudad cambia por completo. Cuando atracan los cruceros y llegan los ferries más grandes, la afluencia de turistas es masiva y las calles principales se vuelven incómodas; a primera hora, o ya al atardecer, es otra ciudad.
Las vistas son uno de sus grandes atractivos: preciosas desde los Upper Barrakka Gardens, que ofrecen sombra, las Tres Ciudades enfrente y el ascensor que baja al Grand Harbour. Pero nuestro rincón favorito para el atardecer fueron los Hastings Gardens, sobre los bastiones de San Juan y San Miguel: subiendo hacia la derecha desde el muelle del ferry, antes de llegar a la fuente que hay junto a la estación de autobuses. Mucha menos gente, bancos libres y unas puestas de sol de ensueño sobre Marsamxett, Manoel Island y Sliema.
Es además una zona comercial muy completa, con multitud de tiendas, bancos y la sede de la Bolsa de Malta, así que resuelve bien cualquier compra o gestión. En lo gastronómico hay de todo, y como regla general se come mejor y más ajustado de precio en las calles laterales que en las plazas más turísticas. Si viajáis con alguien celiaco, nuestra recomendación es el Wild Honey, del que hablamos en detalle en Malta sin gluten.
Mdina y Rabat
Mdina, también conocida como la ciudad del silencio, fue la capital de Malta durante casi dos milenios, hasta que los Caballeros se mudaron a La Valeta. Hoy es una ciudad amurallada en lo alto de la isla, con callejones medievales, palacios nobiliarios habitados y la catedral de San Pablo. Se accede por la Main Gate, la puerta barroca sobre el foso que reconoceréis al instante: sirvió de escenario para el Desembarco del Rey en Juego de Tronos.
¿Por qué «la ciudad del silencio»? Por dos razones que se refuerzan. La primera, que dentro de las murallas viven apenas unos 250–300 habitantes, en su mayoría familias de la vieja nobleza maltesa, en palacios que llevan siglos en las mismas manos, más una pequeña comunidad religiosa. La segunda, que la circulación de vehículos está prohibida salvo permiso: solo residentes, bodas, servicios y emergencias. Sin coches y casi sin vecinos, el eco de los pasos sobre la piedra es, literalmente, lo que se oye.
Justo al otro lado de la puerta está Rabat, el pueblo que creció fuera de las murallas, con las catacumbas de San Pablo y Santa Águeda, la gruta de San Pablo y algunas de las mejores pastizzerias de la isla.
Y no os quedéis solo aquí: el interior de Malta guarda más de lo que parece —la cúpula de Mosta, una de las mayores de Europa; los pueblos de Naxxar y Żebbuġ— y templos y yacimientos arqueológicos más antiguos que las pirámides de Egipto. Si os gusta la arqueología, Ħaġar Qim, Mnajdra y los templos de Ġgantija en Gozo son visitas que disfrutaréis sin ninguna duda.
Ruta recomendada: cruzad la Main Gate y luego callejead sin rumbo, que es el verdadero plan aquí; seguid hasta los bastiones para asomaros a media isla, entrad en la catedral de San Pablo y salid por la puerta de los Griegos hacia Rabat, para las catacumbas. Cerrad la tarde en Fontanella, sobre la muralla.
Cómo llegar: buses directos desde la estación de La Valeta y conexiones desde Sliema/St. Julian's (45–60 min, aunque en verano el tráfico denso puede alargarlo bastante más). Mdina y Rabat son colindantes, así que se combinan a pie sin ningún esfuerzo, en una sola mañana o una sola tarde.
Un apunte práctico: los horarios de la zona son más amplios de lo que suelen indicar las guías, sobre todo en verano, cuando muchos locales y terrazas siguen abiertos bien entrada la noche. Eso abre una posibilidad estupenda: visitar Mdina a última hora de la tarde, cuando baja el calor y se marchan la mayoría de los autobuses turísticos.
Y ya que hablamos de expectativas: aunque se la conoce como la Ciudad del Silencio, la masificación turística hace que hoy sea bastante más bulliciosa de lo que promete el apodo. El silencio hay que buscarlo, y se encuentra: basta apartarse una o dos calles del eje principal.
Nuestra recomendación es precisamente esa: callejear. Hay fotos preciosas en cada rincón, con una magia especial que ponen la caliza dorada de las paredes, las buganvillas moradas que aparecen por todas partes y las sombras que dibuja el sol en las calles estrechas.
Mención aparte para Fontanella Tea Garden, una institución desde los años sesenta, encaramada literalmente sobre la muralla. De sus tartas recomendamos la choco cheesecake y la tarta de chocolate clásica; y si queréis huir del gluten, la de almendra y naranja completa la experiencia. Si además subís al atardecer y os sentáis en la parte de arriba, con esas vistas, tenéis el plan perfecto.
De Rabat os diremos la verdad: nosotros lo vimos muy rápido y no pasamos por todas sus zonas interesantes. Aun así la visita es recomendable y, estando pegado a Mdina, combinar ambos en una misma excursión se hace sin ningún problema. Un apunte que repiten muchas guías y que nos quedamos con ganas de comprobar a fondo: sus pastizzi tienen fama de ser los más auténticos y deliciosos de toda Malta.
Las Tres Ciudades (Birgu, Senglea y Bormla)
Al otro lado del Gran Puerto, las tres ciudades fortificadas donde los Caballeros de San Juan se instalaron antes de construir La Valeta. Un laberinto de callejas de piedra dorada con las mejores vistas de la capital, menos turistas y mucha más vida local. Birgu (Vittoriosa) es la más monumental, con el Fort St. Angelo, el Palacio del Inquisidor, el Palacio Magistral, el Museo Marítimo y un paseo marítimo precioso; Senglea tiene el mirador del Gardjola Garden, con la famosa garita del ojo y la oreja vigilando la bocana; y Bormla (Cospicua) es la más residencial y auténtica. Un paseo de 2–3 horas lo cubre todo con calma.
Ruta recomendada: Ferry a Birgu → Fort St. Angelo → paseo por el Collachio (las callejas de los Caballeros) → marina → punta de Senglea con la garita del ojo y la oreja.
Preparamos un recorrido a pie autoguiado por Birgu, Senglea y Bormla con narración por voz, que funciona en el móvil y sin conexión. Es gratis y podéis abrirlo desde la sección de herramientas.
Cómo llegar: ferry desde La Valeta (bajo los Upper Barrakka Gardens) en unos 5 minutos, o dgħajsa, el bote tradicional de madera que hace de taxi acuático del Gran Puerto (durante nuestra estancia costaba 3 € por persona). Nuestro truco: ir en dgħajsa y volver en ferry o en bus, para vivir las dos travesías.
Es una excursión que bien merece la pena, aunque hay que reconocer que os podéis pegar alguna buena caminata para completarla. En Vittoriosa (Birgu) está el Fort St. Angelo, y para alcanzarlo hay que pasear un buen rato junto al puerto. Merece la pena callejear y disfrutar de las vistas de Senglea y del muelle a medida que se asciende. Y algo que no habíamos visto antes en la isla: sus bares, más tranquilos y menos turísticos que los de la capital, muestran una esencia de Malta muy distinta.
Senglea es igualmente más que recomendable, aunque también algo cansada: desde la zona del muelle hay que ascender para conseguir las mejores vistas y llegar al Sheer Bastion. En ambos casos, los atardeceres son el mejor momento.
En Bormla (Cospicua) basta con recorrer sus bastiones y el paseo marítimo, donde se disfruta de una calma distinta y se puede tomar algo en alguna terraza. Si sois de visitar, podéis acercaros a la iglesia parroquial de la Inmaculada Concepción, a la iglesia de Santa Teresa o al museo Bir Mula Heritage, una casa histórica convertida en museo del patrimonio local.
Adoquines, cuestas y bastiones: calzado cómodo obligatorio. Y si podéis, dejadlo para la tarde: el sol de mediodía sobre la piedra en las subidas de Senglea no perdona.
Comino y el Blue Lagoon
La laguna de aguas irreales entre Comino y Cominotto. En verano se masifica de mediodía en adelante: la clave es madrugar o ir a última hora.
Ruta recomendada: Primer barco de la mañana → asegurar sombra/sitio → baño en la laguna antes de las 11 → explorar las calas de Santa Marija y las cuevas → regreso a media tarde.
Cómo llegar: lanzaderas desde Ċirkewwa (unos 10 minutos de travesía; se llega en bus 212/222 desde Sliema), o barcos desde Bugibba y desde el propio paseo de Sliema. Otra opción muy cómoda con niños es el minicrucero de día completo que sale de Sliema y combina Comino, cuevas marinas y una parada en Gozo: os llevan y os recogen, que en temporada alta vale su peso en oro.
La laguna es zona protegida (Red Natura 2000) y desde 2025 hay que registrarse para poder pisar tierra, incluso yendo en excursión organizada. El registro es gratuito y se hace en la web oficial (blcomino.com): elegís fecha y franja horaria, dais un correo electrónico y recibís un código QR que hay que enseñar al desembarcar, donde os entregan una pulsera para la duración de vuestra franja. Las franjas son tres: mañana (08:00–13:00), tarde (13:30–17:30) y puesta de sol (18:00–22:00). Se puede reservar con bastante antelación y en julio y agosto conviene hacerlo: las plazas vuelan. Muchos operadores lo gestionan por vosotros, pero comprobadlo antes de embarcar.
Comino está prácticamente deshabitada: no hay coches ni tiendas, y apenas hay sombra natural, así que crema solar, gorra y toallas van con vosotros sí o sí. Para comer y beber no hay problema: en la cuesta de acceso encontraréis bastantes puestos y food trucks. Tienen precio de zona turística —se aprovechan un poco, todo sea dicho—, pero nada desmedido. Si podéis, reservad el barco con antelación en julio y agosto.
Nosotros lo contratamos como excursión organizada desde Sliema, en un barco de crucero y en el turno de tarde. Las aguas turquesas y el fondo marino entre Comino y Cominotto son, para nosotros, una visita obligada. Dicho esto, seamos sinceros: la masificación de la zona, lo escarpada que es la playa rocosa de acceso y la cantidad de hamacas de alquiler enturbian algo la experiencia.
Elegid con calma el crucero según lo que busquéis. La mayoría tienen solárium y bar para tomar bebidas (también alcohólicas) o comer algún snack preparado a bordo, aunque podéis llevar el vuestro. Nosotros, que viajábamos con niñas, nos quedamos con las ganas de que el nuestro tuviera tobogán para disfrutar más de los baños o para poder acercarse más en la zona de amarre. Algunos incluyen en el billete la excursión por las cuevas de Comino y otros la venden a bordo, así que lo mejor es comparar un poco antes de decidirse.
Cuando el barco llega a los muelles de Comino hay que caminar unos diez minutos por un acceso algo tortuoso, con rocas y arena aunque sin mucho desnivel, hasta alcanzar la playa rocosa que da paso a uno de los lugares más icónicos del país. En la cuesta de acceso encontraréis taquillas para dejar las pertenencias, aseos públicos y varios food trucks; muchos preparan combinados que se sirven dentro de una piña.
Nosotros fuimos en el turno de tarde-noche, bastante menos masificado y con una ventaja enorme: disfrutar de la puesta de sol del verano maltés sobre la laguna, un recuerdo imborrable.
Qué llevar: gafas de sol, gorra y buena protección solar, imprescindibles en verano. Y algo que no suele decirse: una prenda de abrigo. Con la humedad y el viento, al caer la tarde se nota el frescor y se agradece taparse.
Gozo
Más verde, más rural y más pausada que Malta. En un día se ve lo esencial; con una noche, se disfruta.
Ruta recomendada (la que hicimos nosotros): ferry hasta Mġarr → autobús desde el propio puerto hasta Ramla Bay (la parada no está junto a la playa: hay un paseo de unos diez minutos, amenizado por food trucks y furgonetas que hacen de ultramarinos) → Victoria y su Ciudadela → Dwejra y el Blue Hole para el final de la tarde, y quedarse a la puesta de sol. Si disponéis de más tiempo, añadid los templos de Ġgantija (más antiguos que Stonehenge) y la bahía de Xlendi.
Cómo llegar: Ferry desde Ċirkewwa (25 min, se paga al volver) o fast ferry desde La Valeta. En Gozo: bus, tuk-tuk, quad o coche de alquiler.
Un apunte práctico antes de nada: el ferry a Gozo no está incluido con la Tallinja Card (solo aplica un pequeño descuento). Lo que sí incluye la tarjeta es el ferry de Sliema o La Valeta a Bugibba y, una vez en Gozo, todos los trayectos de los autobuses públicos de la isla.
La isla es pequeña, pero tiene zonas muy interesantes que visitar. Su capital, Victoria, con la Ciudadela, es uno de los puntos obligatorios: está plagada de calles con mucho encanto que merece la pena recorrer. Aparte de la capital, nos parece muy recomendable la playa de Ramla (Ramla Bay), de característica arena rojiza, donde abundan las sombrillas y tumbonas de pago (os las ofrecerán en la entrada de manera algo agobiante...), pero que es extensa, con una entrada al agua muy progresiva y escaso oleaje. Nosotros comimos en su chiringuito, con una relación calidad-precio bastante interesante.
Tras visitar Victoria nos acercamos a Dwejra, un lugar que no podéis dejar de visitar: una pequeña aldea con lonjas donde los lugareños se juntan a pasar la tarde (hay un bar y algunas furgonetas de comida y bebida, a precios más ajustados que en la capital), y cuyo embarcadero se comunica con el mar a través de una cueva que atraviesa una gran colina. Es bonito nadar hacia el interior de la cueva o, si tenéis forma física y ganas, atravesarla hasta llegar a mar abierto (hay pequeñas embarcaciones que hacen el paseo por un coste razonable, aunque para nosotros lo que de verdad merece la pena es el baño y acercarse nadando). Eso sí: el agua de esta zona está algo remansada, así que no esperéis encontrarla tan limpia como en otras playas que ya hemos comentado.
Saliendo de Dwejra a pie hay varios miradores, a los que se llega a través de distintas subidas que conviene valorar, ya que con las temperaturas maltesas de verano se hacen notar. Pero sin caminar más de diez minutos se llega al Blue Hole. Os recomendamos ir por la tarde, para aprovechar la puesta de sol, que en esta zona es preciosa. El Blue Hole es un hueco profundo en la plataforma rocosa que conduce al mar, de aspecto azulado: pasáis de caminar con unos pocos dedos de agua cubriéndoos los pies a caer en una piscina sin fondo, separada del resto del mar por las piedras. Conviene tener un poco de cuidado con las mareas para no quedar aislados al recorrer la zona rocosa y, como en la mayoría de las playas de Malta, los escarpines son obligados. Se encuentran por unos 20 € y son, probablemente, la compra más rentable del viaje.
Dos ideas más que nosotros no llegamos a reservar, pero que merece la pena valorar: hay excursiones en quad para recorrer los rincones más recomendables de la isla, combinando naturaleza, horarios de atardecer y la emoción de la velocidad; y, si vais con tiempo, muchas guías recomiendan guardar una puesta de sol para los acantilados de Ta' Ċenċ, donde las vistas deben de ser memorables.
Marsaxlokk y St. Peter's Pool
El pueblo pesquero más pintoresco de Malta, en la bahía sur. Su paseo marítimo está bordeado de luzzus, las barcas tradicionales pintadas de colores vivos con el ojo de Osiris en la proa. Los domingos por la mañana se celebra el mercado más famoso de la isla —pescado recién descargado, fruta y verdura a mejor precio que en los supermercados—; el resto de la semana el pueblo está mucho más tranquilo y auténtico. Sus restaurantes del puerto son el mejor sitio de Malta para comer pescado fresco a precio razonable.
Ruta recomendada: Domingo por la mañana: mercado y paseo por el puerto → comida de pescado en el paseo → tarde en St. Peter's Pool (a pie ~30 min o en taxi/boat trip).
Cómo llegar: buses 81 u 85; desde Sliema son unos 50 minutos con transbordo, y desde La Valeta algo más de media hora. Si vais en domingo, salid pronto: el mercado empieza temprano y los buses de vuelta van llenos desde el mediodía.
Cerca: a unos 30 minutos a pie por la costa (o pocos minutos en taxi) está St. Peter's Pool, una piscina natural excavada en la roca caliza, de agua cristalina y con varios niveles desde los que saltar. No hay arena ni apenas sombra, y la roca resbala: escarpines imprescindibles. Y a poca distancia queda Marsaskala, un pueblo costero sin turismo masivo, perfecto para una cena tranquila viendo la Malta cotidiana.
Excursión a MarsaxlokkBarco a St. Peter's Pool
Es un pueblo costero precioso, donde el azul turquesa del mar se mezcla con las numerosas embarcaciones pesqueras de la gente local. Se disfruta de buen pescado fresco con la bahía delante, que es justo el plan que uno espera de Marsaxlokk.
Nosotros huimos del mercado del domingo: se masifica con frecuencia y, en nuestra opinión, es más fácil disfrutar de la zona en otro momento de la semana.
Y un aviso importante sobre St. Peter's Pool: en Google figura un acceso a pie de unos 25 minutos, pero la realidad es que el paseo ronda los 45 —nos lo confirmaron en el propio punto de información de Marsaxlokk—. Si a eso le sumáis la temperatura y que el recorrido no es llano, entenderéis que a nosotros nos quitara las ganas. El sitio es muy bonito, así que si estáis en buena forma y la distancia o el calor no os suponen un problema, lo lógico es acercaros lo máximo posible en taxi, caminar el último tramo y disfrutar saltando al mar desde las rocas.
Blue Grotto, templos megalíticos y Dingli
La Blue Grotto (en maltés Taħt il-Ħnejja, «bajo el arco») no es una cueva sino un conjunto de unas siete cavidades marinas excavadas en los acantilados del sur, junto al pequeño puerto pesquero de Wied iż-Żurrieq, frente al islote deshabitado de Filfla. Se visitan en barquitas de madera que salen del embarcadero con mucha frecuencia y hacen un recorrido de unos 20–25 minutos por el arco y varias cuevas.
Las cuevas tienen una segunda abertura bajo el agua: cuando el sol entra con ángulo bajo, la luz atraviesa el mar, rebota en el fondo claro de arena y sube al interior, tiñendo de un azul casi eléctrico las paredes y el techo. Las paredes ricas en minerales y la flora marina añaden reflejos verdes, naranjas y morados. El efecto depende por completo de la posición del sol: brilla de primera hora hasta media mañana —cuando el interior de la cueva parece iluminado desde el fondo, con el techo teñido de azul fosforescente— y se apaga cuando el sol sube demasiado. Y depende del mar: con oleaje se suspenden las salidas, así que conviene mirar el parte y tener el mirador de la carretera como plan B.
Ruta recomendada: primera barca del día en Wied iż-Żurrieq → baño en la propia cala, de agua muy clara → subida a los templos de Ħaġar Qim y Mnajdra (a poco más de un kilómetro, cuesta arriba; entre ambos templos hay 500 m de paseo, con lanzadera para quien lo necesite) → si queda tarde, atardecer en los acantilados de Dingli, el punto más alto de la isla.
Cómo llegar: autobús desde La Valeta hacia Żurrieq/Qrendi (la línea 74 conecta además la parada de los templos con la del Blue Grotto en unos minutos). Calculad bien los horarios: los buses de la zona pasan aproximadamente cada hora.
Excursión a la Blue GrottoBlue Grotto + Marsaxlokk
Es una excursión muy recomendable, pero con una condición: hacedla pronto por la mañana, antes de que el sol esté demasiado vertical. El efecto azul del interior de la cueva se produce sobre todo en la fase inicial de entrada de los rayos, es decir, más cerca de las 8:00–9:00 que del mediodía. Es un sitio precioso, y las barquitas salen del embarcadero de Wied iż-Żurrieq con mucha frecuencia, así que la espera no suele ser larga si llegáis temprano.
Nosotros pagamos 5 € por los menores de 11 años y 10 € por el resto. Calculad bien los horarios del autobús para que os cuadren con las mejores horas de luz: es la parte que más planificación exige de toda la excursión. Como buena noticia, hace poco han añadido una parada de autobús justo al lado del embarcadero, lo que ha hecho esta visita mucho más accesible en transporte público.
Desde allí se puede añadir Dingli y, a pocos minutos en taxi, las ruinas de Ħaġar Qim y Mnajdra: dos complejos de templos megalíticos Patrimonio de la Humanidad, construidos entre el 3600 y el 3000 a. C. —es decir, más antiguos que las pirámides de Egipto y que Stonehenge—, asomados al mar sobre los acantilados y con un centro de visitantes muy didáctico para los niños. Se llega andando sin dificultad técnica, pero la subida es empinada: nosotros no llegamos a visitarlos, precisamente porque en ese momento no teníamos taxi y hacía demasiado calor para subir con las niñas. Si vais en verano, o taxi, o el bus, o muy temprano.
Hipogeo de Ħal Saflieni y templos de Tarxien
Es probablemente el lugar más extraordinario de Malta y el que menos gente incluye en su viaje, sencillamente porque no se puede improvisar. El Hipogeo de Ħal Saflieni es una necrópolis subterránea excavada en la roca hace más de 6.000 años —a menos de media hora de La Valeta—, con tres niveles de cámaras, pasillos y recintos rituales, donde llegaron a reposar los restos de miles de personas. Es Patrimonio de la Humanidad y su acústica interior resulta sobrecogedora. A diez minutos a pie están los templos de Tarxien (3600–3000 a. C.), el mayor conjunto prehistórico de la isla, con relieves y esculturas megalíticas únicas.
Para conservar el microclima del Hipogeo solo se permite la entrada a un número muy reducido de visitantes al día, en pases con hora fija. En temporada alta las plazas se agotan con semanas de antelación. Se reserva en la web de Heritage Malta, y la visita no está recomendada para los más pequeños.
Cómo llegar: buses de la zona sur hacia Paola (líneas 81 a 85 desde Sliema, unos 25 minutos). Ambos yacimientos están a un paseo corto el uno del otro.
Playas del norte: Mellieha, Golden Bay y Paradise Bay
El norte es la zona más verde y despejada de la isla, y donde están las mejores arenas:
- Mellieha Bay (Għadira): la más grande de Malta, con socorristas y una orilla que baja muy poco a poco. La mejor con diferencia si viajáis con niños pequeños.
- Golden Bay: la más fotogénica, arena dorada entre acantilados, con chiringuito y hamacas. También la más concurrida.
- Għajn Tuffieħa (Riviera): justo al lado de Golden Bay pero más salvaje; se baja por una escalera larga, lo que la mantiene más tranquila (y hace dura la vuelta).
- Paradise Bay: pequeña y turquesa, junto al embarcadero del ferry de Gozo.
Y en lo alto de la colina, el pueblo de Mellieha merece una parada por su santuario excavado en la roca y las vistas al norte de la isla.
Ruta recomendada: elegid playa según el viento del día (ver clima) → llegad antes de las 10:00–10:30 en verano si queréis buen sitio → sombrilla propia o hamacas de alquiler.
Cómo llegar: buses 212 o 222 desde Sliema hasta Mellieha (unos 55 minutos, con frecuencia de media hora) y, desde allí, líneas locales que acercan a Golden Bay o Għadira en 5–10 minutos. Desde Bugibba las conexiones son más cortas.
De las playas del norte nos quedamos con Mellieha Bay sin ninguna duda. Es muy amplia, tranquila, está bien comunicada y es accesible para sillas de ruedas. Sus aguas son calmadas y la profundidad aumenta muy poco a poco, así que resulta ideal para ir con niños.
Aunque muchas guías señalan Golden Bay como la mejor, nosotros la vimos masificada: se junta tal cantidad de gente en el agua que la revuelve y no se llega a ver el fondo. A cambio, tiene zona de juegos acuáticos y alquiler de motos de agua.
Y un apunte para rematar el día: tanto en Golden Bay como en Għajn Tuffieħa podéis disfrutar de unas puestas de sol memorables.
Si volviésemos a visitar Malta, probablemente repetiríamos todas las excursiones que hemos comentado: cada una tiene su encanto y todas nos parecen muy recomendables.
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